“…pero la muerte ​nunca se impacienta  seguramente porque sabe mejor que nadie que  los sobrevivientes también mueren.


Mario Benedetti

Presentación de Nur

Me llamo Nur y soy superviviente del suicidio de mi marido, Víctor.

En Latinoamérica, se nos suele llamar sobreviviente, como el sobreviviente de cualquier catástrofe. En España, se ha acuñado sobreviviente para aquel que tiene un intento de suicidio no consumado y superviviente, a todo aquel que queda gravemente afectado por la pérdida de suicidio de un ser querido, independientemente de su relación con el fallecido.

Un compañero de trabajo puede ser un superviviente.

Un amigo, puede ser un superviviente.

Yo soy una superviviente.

Quizá tú también lo seas y ni siquiera lo supieras, aunque seguro que puedes sentirte como tal.



¿Por qué nos llaman y nos llamamos supervivientes? Porque morimos con ellos, pero, en algún momento, empezamos otra vida.

La vida se nos abre en canal y nos mete en una grieta tan oscura, fría y aterradora, que no es la muerte, pero secretamente, algunos de nosotros, la deseamos, al menos durante un tiempo. Nuestro futuro ya no es lo que pensábamos que sería y además lidiamos de manera continua con las terribles características que rodean a un acto violento como es el suicido: quien murió, lo hizo solo, ¿quién quiere morir solo?, lo hizo de forma violenta, ¿quién no quiere morir en paz?, lo hizo con un sufrimiento que no podía soportar, ¿quién no pide una muerte tranquila ante una enfermedad que provoca un dolor físico inmenso? Los que nos quedamos lidiamos con su dolor, con su ausencia y con un terrible ruido en la mente y en el alma en forma de preguntas sin respuestas y culpas: “No pude ayudarlo”, “No supe cuidarla”, “No vi lo que pasaba”, “Sólo me fui cinco minutos, tenía que salir… “. Todas esas dudas, culpas, emociones se quedan en nuestra cabeza dando vueltas, en una rumiación difícil de explicar al entorno que intenta acompañarnos y curar el vacío que nos atraviesa el pecho impidiéndonos respirar.

Sin embargo, seguimos vivos. Una parte de nosotros, en algún momento, quiere seguir adelante o simplemente, se mantiene en un letargo vital. Algunos desarrollaremos conductas autolesivas, otros autodestructivas, otros comerán de más, otros de menos, algunos no podrán volver a trabajar en mucho tiempo, otros encontrarán en el trabajo un lugar donde refugiarse y aparcar por momentos la mente… Aislar ese dolor en algún lugar para poder seguir, seguir, seguir… ¿Por qué seguimos? Porque tenemos otros hijos, porque sentimos que es lo que debemos hacer, por no hacer más daño a nuestro entorno… Muchas veces ni sabemos por qué, simplemente, seguimos. Como podemos. Seguimos.

Vivimos en una sociedad que no quiere ver el duelo, que lo medicaliza con demasiada rapidez o lo rechaza como si la muerte no fuera parte natural de la vida. Por todo ello, ninguno sabemos ya cómo comportarnos ante el duelo. Todo nuestro empeño es quitar el dolor a la persona en duelo, animar insistententemente a avanzar o, aún peor, a ver el lado positivo de lo sucedido. Hay que ser muy cuidadoso en el lenguaje en el duelo, se hace muchísimo daño, sabemos que sin mala intención, pero se hace. El duelo es un proceso y tiene sus tiempos y esos tiempos son extremadamente personales. ¿Qué hacemos entonces con el duelo de una muerte por suicidio que aún hoy mucha gente esconde por vergüenza, por tabú o, simplemente, porque no quiere o no sabe cómo hablar de ello? ¿Cómo solucionamos algo así? Divulgando para quien pueda estar interesado y acompañando a otros supervivientes.


Aunque pudiera sorprenderte, tienes más posibilidades de que alguien de tu entorno muera por suicidio a que lo haga por accidente de tráfico. Las últimas cifras de las que tenemos constancia son las del año 2020. Durante este año murieron 3.941 personas por suicidio. No es un número, son personas, como Víctor. Además, esta cifra probablemente es aún más amplia porque muchas muertes que se catalogan como accidente, no lo son. Cada suicidio deja a su alrededor un mínimo de 6 personas afectadas de manera profunda. Eso son, al menos, 23.646 personas al año que tienen que buscar la forma de pedir ayuda porque nadie va a asistirlas de manera profesional, porque nadie las considera, porque habrá incluso quienes se alejen de ella y porque, salvo las asociaciones que han ido surgiendo, nadie parece entender ni comprender las características propias de un duelo por suicidio. Siendo así, esas personas sobreviven, sobrevivimos, enfrentándonos, en muchas ocasiones, a un entorno que no nos entiende, que no sabe cómo acompañarnos y que juzga de manera muy severa nuestro dolor.

Por todo esto, dedicaré este pequeño espacio a la posvención y a la divulgación sobre el duelo y el duelo de los supervivientes por suicidio.

Ojalá me acompañes y te sirva para ayudar a otros. Ojalá si eres un/ una superviviente, encuentres aquí un lugar donde sentirte a salvo y sostenido/a.

Te abrazo, fuerte y sinceramente,

Nur



Líneas de atención a la conducta suicida:

Teléfono de la esperanza: 717 003 717

Atención a la conducta suicida: 024

Ayuntamiento de Barcelona y Fundación Ayuda y Esperanza: 900 92 55 55

La Barandilla: 911 385 385

DIRECCIÓN

C/ Velazquez, 8

San lorenzo de El Escorial (Madrid)

LLÁMANOS

CORREO ELECTRÓNICO